al Templo
Tenía miedo a perder lo que tantísima otra gente hizo de mí con el tiempo, y que ahora has convertido en boira: mi pero contigo no es ser tímido; mi (divino) pero es ser buena gente. Has sabido cincelar el témpano que encontraste aquella tarde junto al Templo, y lo has convertido en un arroyo de ilusiones (con sus entes guarda-secretos incluidos). Hoy, ahora, a tu verita (adverbios de amor) vuelve a nacer un miedo. Miedo a tu ausencia. Miedo a que en tu viaje, tu etapa, tu vida, te desencantes. Pero aprendí (no recuerdo si lo aprendí de ti, o si bien lo aprendimos juntos) dónde guardar mis miedos para que sepas dónde recogerlos, cómo ventarlos, cómo cambiarlos por sonrisas cómplices, por miradas con ecos de suspiro, por pijamas de besitos. Sé que vas a estar bien, que vas a ser feliz, que vas a querer aprender cientos de cositas para después poder compartirlas conmigo; sé que tus logros, tus lloros, tus sueños también serán los míos. Si algún día te extraño, te llamaré desde la playa, y te pediré que te acerques a tu costa; cogeré de los cabellos a la orilla, y tiraré con cariño de ellos, hasta que nuestras penínsulas queden apenas a un metro de distancia.
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