Gracián
Se apeó tras desear feliz línea al chico de Gracián, un par de asientos a su derecha. Salvó con uno, dos, tres, hop! saltos el paso cebrado, diez franjas del color del blanco, once, del adoquinado; y corrió, como nunca antes, sorprendiéndose de que toda la vanidad de un hombre de treintayjóvenes años pudiera sustentarse en apenas una baldosa. Despachó más que saludó a la bedel de la finca (hoy no puedo, Lanna, mañana le consigno las certificaciones, llevo prisa), esquivó veinticuatro escalones, un rellano a izquierdas y otro a derechas, demoró nervioso un par de minutos discerniendo si aquella llave era del despacho o de la vivienda, cerró a malas la puerta de entrada, se despojó de su tabardo, su camisa de lino, sus monjes hebillados (si hubiera elegido los mocasines, o incluso los brogue completos, no estaría perdiendo tanto tiempo ahora, se dijo), sus pantalones y sus medias cortas, se dirigió a su dormitorio, desvistió su lecho y lo ocupó. Su piel erizada le confirmó que seguía destemplado. Que volvería a dormir solo. Mañana, pensó, salvaría el cebrado en sólo dos saltos. Quizá así llegaría a tiempo.

